lunes, 22 de julio de 2013

Crítica literaria: LAS HIJAS DE YEMAYÁ, de Inmaculada García Haro

      

        Es este el título del primer libro que inicia la Colección de Monografías Publicapitel, promovida por el grupo cultural malagueño Capitel, al que pertenece su autora. Inmaculada García Haro forma parte además de la Asociación de Mujeres por la Literatura y las Artes (ALAS) y de la Asociación Cultural Isla de Arriarán, es poeta, narradora y ha publicado artículos de opinión y ensayos en diferentes medios. Su vocación por la cultura en cualquiera de sus manifestaciones, le ha llevado asimismo a comisariar exposiciones de artes plásticas.

En una cuidada edición de la editorial “El desván de la memoria”, se nos ofrece un poemario lleno de matices en el que prima la autenticidad de la expresión por encima del corsé estético de la métrica y la rima, sin que ello implique una poesía desnuda en el sentido juanramoniano de lenguaje escueto y sin ornamentación, porque, efectivamente, la autora no escatima la utilización de recursos y adornos estilísticos para dotar de intensidad expresiva al verso. Metáfora (“Mi casa interior/tiene pies enredados de hojarasca”), oxímoron (“la salida iluminada de lo oscuro”), paradoja (“pues ladrillos de agua/conforman sus muros”), hipérbole (“Te cabalgo y me rompo/deshaciendo la piel que no me sirve”), entre otros. Pero, sobre todo, es este un poemario de fuerte carga simbólica. Yemayá, deidad africana y afroamericana, es el océano, el mar, que es fuente fundamental de vida; es la diosa madre, patrona de las mujeres y dueña de las aguas, es la “madre cuyos hijos son como los peces” (significado etimológico). Un elenco de deidades mitológicas aflora a lo largo de los poemas de este libro -artificio este que es utilizado de manera recurrente por la autora en buena parte de su obra̶-  completando el soporte simbólico del poemario junto a la presencia del mar que encarna la vida misma. La poeta se llama a sí misma “hija” del mar (de Yemayá), del que nace y del que está hecha, en el que se sumerge “Investida y coronada” “con la fuerza de Neptuno”, sintiéndose parte de un todo, de “Un universo de agua” que la contiene.

Como indica José Luis Pérez Fuillerat, prologuista del libro, dos temas importantes del mismo, entre otros, son el amor y la amistad. A estos añadiría yo además, como telón de fondo, la femineidad. Para Inmaculada García Haro, feminista de pura cepa, este es un concepto que emerge en ella sin esfuerzo, de forma natural, vertebrando multitud de sus escritos. También aquí. Lo femenino entendido no como género sino como esencia misma del sujeto lírico, como fuerza interior, como arquetipo en el sentido dado por Carl Gustav Jung de contenido del inconsciente colectivo que tiene carácter universal, y que, en el caso concreto que nos ocupa, deviene en diferentes facetas: la mujer como hija, en el sentido carnal y no simbólico del término, como hermana, madre, amiga y amante. Siendo estas dos últimas las que más presencia tienen en el poemario, no por desmerecer la importancia de las otras, sino porque a lo largo del hilo conductor del mismo la amistad y el amor se constituyen en pilares básicos de la evolución del yo poético.

Efectivamente, “Las hijas de Yemayá” ofrece una secuencia. No es un poemario plano que dibuje diferentes ángulos de una misma realidad lírica, sino que, de manera intrínseca, se reproduce un tiempo, un recorrido evolutivo del estado emocional del sujeto lírico. Así, comienza con un poema introductorio, titulado “Huecos”, que habla de un antes y  un después. El segundo poema (“La casa de las tres muñecas”) vuelve la mirada hacia el pasado, hacia una etapa de infancia compartida con sus dos hermanas que se desvanece con el paso del tiempo, dando lugar en la última estrofa a la necesidad de reconstruir lo perdido como un hálito de esperanza. El tercero (“Hay caracolas que silban adiós”) es la expresión de una despedida; y, a partir de aquí, aparece un grupo de seis poemas en el que el sujeto lírico recorre un proceso de reafirmación interior, se mantiene “Incólume” (título del cuarto poema), “es más fuerte que un buque/en noches de oleaje/pues ladrillos de agua/conforman sus muros”,  (bellísima paradoja la de estos dos últimos versos), y se sumerge en el mar (que es fuente de vida) “investida y coronada” “con la fuerza de Neptuno”.  Es aquí cuando la amistad recompone sus “alas rotas”, le ofrece “palabras y alimento” o se convierten en su “antídoto” y en su “red”, en tanto que la maternidad le ofrece “el don de permanencia”.

En esa progresión temporal en la que estado interior subjetivo y versos van de la mano, aparece un poema corto (apenas catorce palabras), titulado “Remate”, que sirve de bisagra entre los anteriores y los que a continuación figuran. Quiero significar la intensidad del mismo, su capacidad para transmitir aquello que se desea de una manera completa y certera, pese a su brevedad, amplificando el contenido semántico de los vocablos que lo conforman, lo que denota maestría en el hacer literario, y esta maestría se percibe sobre todo cuando la palabra, ella sola, sin adornos, se transforma directamente en emoción por el lector o lectora que la recibe. Siempre que abordo este tema de la brevedad en poesía, me vienen a la memoria poemas cortos de una gran belleza lírica como aquellos de Miguel Hernández titulados “Llegó con tres heridas” o “Tristes guerras”, en los que la capacidad de síntesis de los vocablos es inversamente proporcional a la carga emotiva de los mismos. Una verdadera maravilla muy difícil de conseguir.

La siguiente serie de poemas desvelan una nueva posición emotiva del sujeto lírico, esta vez de la mano del amor y la sensualidad erótica, a través de los cuales “la hija de Yemayá”, inmersa en “Un universo de agua” de ese mar que la purifica y es esencia de ella misma, alcanza su plenitud, “protegidos por muros de cristal”. El amor se presenta como motor que transfigura la vida y que permite “el nuevo amanecer” de sus días, cuya victoria final la autora quiere festejar con un poema que, a modo de brindis, dedica al vino.

Por último, decir que el libro se completa con una serie de ilustraciones de Carlos Esteve Secall, muy bien conseguidas por cierto, que acompañan a una buena parte de los poemas.

En “Las hijas de Yemayá” la esencia procedente del mar, como madre y origen, como deidad protectora de la mujer encarnada en el sujeto lírico, es camino de sanación que nutre y purifica y permite la victoria de la vida. Es un poemario no extenso, pero de gran expresión lírica procedente sobre todo de la autenticidad que Inmaculada García Haro vierte en sus versos y que, conjuntamente con los recursos literarios citados, le confieren un pulso, una calidad poética merecedora, sin lugar a dudas, de ser tenida en cuenta.


Escrito por Fuensanta Martín Quero.


*Publicado el 7/7/2013 en la revista de la Asociación Colegial de Escritores de España, Sección Autónoma de Andalucía: http://www.aceandalucia.org/



miércoles, 19 de junio de 2013

POETA-OFICINISTA

Poeta-oficinista. Eso es lo que soy. Un tiempo dividido en el que me ocupo en roles divergentes, opuestos como el agua y la sed, como el calor y el frío. En la burocracia me gano el sustento material, en la lírica me nutro el alma. Oficinista de ocho a cuatro, poeta veinticuatro horas al día. La pantalla y el teclado son apéndices de mis dedos, lo mismo compongo notificaciones dirigidas a ciudadanos y ciudadanas en el cumplimiento de una función pública, que compongo versos sin destinatario cierto, tal vez para nadie o tal vez para gente presente o futura que no conoceré nunca. El lenguaje sordo, preciso, preestablecido, del acto administrativo es la antítesis de la metáfora, de la plasticidad creativa de la lírica. Por eso durante años, durante muchas y muchas mañanas de muchos años –bendita suerte ganada a pulso por mis propios méritos– mi cerebro ha forjado un camino, una estructura de pensamiento opuesta a su natural tendencia hacia lo emotivo y bello a un tiempo, hacia la ausencia de límites conceptuales, hacia la imagen grabada en un cuerpo de sílabas musicales. A diario me visto de oficinista, escribo como oficinista, me comporto como oficinista y pienso como oficinista, en un ambiente rodeado de gente parecida a mí en su fuero externo, mientras dentro de mi piel bulle, encapsulada, “mi otra”, esa a la que no olvido nunca, esa que se esfuerza por silenciar su presencia en un contexto que no le pertenece, esa que constantemente me golpea en las sienes cuando apenas le hago caso. “Mi otra” aguanta mi obsesión por el cumplimiento del deber no interiorizado, soporta que mis ojos sientan el cansancio tremendo de una lectura intensa no deseada, y espera en un desván arrinconada hasta mucho después de que yo pase la tarjeta por el reloj de control horario. Y, cuando llega la noche o una tarde de íntima conversación con ella, me ofrece una sonrisa afable y permite que respire profundamente en la paz de una habitación cerrada.
Sé que siempre ha habido y hay “muchos otros” y “muchas otras” esperando su momento tras la piel de gente que a diario madruga y mira el reloj despertador como a un ente obsceno y abominable que impone su disciplina sin piedad. No pienso en aquellos cuyas profesiones contribuirían seguramente a su realización personal al tener éstas un vínculo con la escritura, como Antonio Machado o Dámaso Alonso, que se dedicaron a la docencia; me acuerdo más bien de esos otros cuyos empleos no tenían ninguna proximidad con su faceta literaria. Charles Dickens comenzó a ganarse la vida con doce años trabajando en una fábrica de betún para el calzado, William Faulkner trabajó como cartero en la Universidad de Mississippi y Franz Kafka fue empleado de una compañía de seguros. Hay una lista interminable de escritores y escritoras con oficios muy diversos, tanto de otros momentos históricos como actualmente. La autora italiana Daria Galateria, nos cuenta en su libro “Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores” cómo Máximo Gorki fue pescador, fogonero y pinche de cocina, entre otros oficios; Eliot fue empleado de banca, trabajando en un sótano “como un pájaro negro en un comedero”, o Jack London, uno de los escritores mejores pagados de su tiempo, sobrevivió antes como cazador de ballenas en el Ártico. Para Saint-Exupéry subirse a un avión era su verdadero trabajo, y León Tolstoi dejó la escritura para retirarse a una aldea de Rusia y trabajar como zapatero.

No podemos olvidarnos de escritores más cercanos en el tiempo con oficios diversos, como Miguel Delibes que comenzó como dibujante de caricatura en un periódico, José Saramago que tuvo que abandonar sus estudios a los quince años por falta de medios para ponerse a trabajar como cerrajero, y el chileno Roberto Bolaño que fue lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos y vendimiador; y así un largo etcétera.

La ausencia de mujeres escritoras en este largo elenco viene dada por la excepcionalidad que ello suponía en el pasado histórico, al estar relegadas a roles apartados de la cultura como hecho social e individual. En las últimas décadas, esta situación de marginalidad de la mujer como creadora y productora de obras literarias ha cambiado en buena medida en lo referente a algunos géneros literarios, como en la narrativa.
  
Hoy en día son muchos y muchas los escritores y escritoras que estamos empleados en otros trabajos ajenos a la literatura para poder vivir. Son muy pocos, en cambio, los escogidos, los que tienen un nivel de venta por sus obras que les permiten dedicarse al oficio exclusivo de la escritura. Otros tienen profesiones más cercanas al mundo de las letras, como los que se dedican a la docencia, sobre todo la universitaria, y los periodistas. En un mundo como el nuestro en el que se sobrevalora los conocimientos adquiridos por su cantidad y no tanto por su calidad, en el que se promueve la acumulación de títulos, cursos de diversa índole y másteres, aunque muchos jóvenes “plurititulados” y políglotas se vean abocados a emigrar, la literatura actual está más valorada socialmente cuanto más próximo esté su autor o autora al entorno de la “oficialidad”. Es más fácil que una editorial de prestigio acepte publicar una novela o un poemario de un escritor o escritora relacionado con el mundo universitario o periodístico que el de otro/a que esté empleado, por ejemplo, en una empresa de repuestos para automóviles (tales fueron los comienzos de Mario Benedetti). Por la misma razón, muchos premios literarios se otorgan a autores que son poseedores de títulos universitarios, que además antes hayan sido galardonados en otros certámenes (a más premios más posibilidades de sumar el siguiente) y que pertenezca o esté relacionado con ciertas élites. La cultura de la acumulación. Tener por encima de ser, tal como Erich Fromm nos afirmó hace tiempo.

Pero yo, que soy oficinista durante ocho horas diarias y poeta durante veinticuatro, que aprobé dos cursos de Derecho cuando esta carrera se componía de cinco, y que la única lengua que medio domino es la española, soy consciente de que, como afirmó Vicente Aleixandre, “Poesía es comunicación”, y en ello estoy. Gloria Fuertes, que también fue oficinista antes de ser conocida, dijo en cierta entrevista que ella había trabajado durante muchos años  en “horribles oficinas”. No sé si lo de “horribles” hacía alusión a las dependencias concretas en las que trabajó o más bien quiso calificar con un epíteto improvisado a este tipo de lugares. Lo cierto es que ella también fue poseedora del “doble Grado” que yo, como otros tantos, ostento: Poeta-Oficinista. Un título de nuevo cuño que guardo debajo de mi almohada, muy cerca de mi conciencia, para que no se me olvide la doble faceta –que no doble vida– que compone mi existencia.

 Un bello poema de la norteamericana Amy Lowell titulado “Lilas”, en el que ofrece un espléndido canto a la vida y a sus raíces de Nueva Inglaterra, allá por los albores del pasado siglo, dice:

“…Alardeasteis de la fragancia de vuestras flores
al cruzar por las anchas puertas de las Aduanas,
vosotras, y el sándalo, y el té,
abrumando las narices de los oficinistas
cuando un buque llegaba de la China.
(…)
Hasta que se revolvían sobre sus altos asientos
y escribían poemas en sus papeles
tras los apilados libros de cuentas…”

Escrito por Fuensanta M. Quero




     

viernes, 14 de junio de 2013

AIRE

Aquella tarde otoñal. Gris metalizada como la carrocería de un coche recién salido del concesionario. La tenue luz en el mármol beis de una calle de trazado rectilíneo, escenario de mimos y figuras monocromáticas; paisaje urbano por donde caminan y se entrecruzan personas diversas que olvidan las prisas de las grises calzadas. Recordar ese espacio, aún vivo y vivificante, como un encuentro inesperado con la magia y la ilusión de hacer tangible lo irreal. Sentir la levedad del aire en mitad de la ausencia de los rincones presurosos. Allí en medio, permaneciendo como sombras expectantes ante aquel hombre de mediana edad, ante aquel maestro del violín en cuyos dedos revoloteaban decenas de colibríes inquietos, diminutos y sutiles como brevísimos instantes, unidos en elongadas notas musicales. La fugacidad atrapada, doblegada en nuestros cuerpos, en nuestras mentes demasiado habituadas al latrocinio indolente de las horas diurnas y al estrépito que inunda cada rincón urbano. Algo verdadero y sin nombre emanaba allí mismo, brotando desde un manantial invisible pero intensamente leve. Aire. Bach... Y sentir a continuación que el desaliento perturbador de la rutina y sus miles de filos, que el acoso de la ignominia y las febriles ansias de poder sobre los débiles, que el humillante sometimiento de tantos destinos en manos acaparadoras e insensibles, quedaron disueltos en átomos perdidos entre los ácaros inmundos del suelo; lejos, muy lejos de una verdad inexorable que penetraba en los pulmones a través de los sentidos. En cinco minutos de gloria.

 Escrito por Fuensanta Martín Quero. 

domingo, 3 de junio de 2012

LECCIONES DE VIKTOR FRANKL


Una de las mayores alienaciones producidas en el ser humano  en la historia de la Humanidad fue la que padecieron los prisioneros de los campos de concentración nazis. La persona quedaba relegada no solo a un instrumento para ser utilizado en trabajos forzados y en experimentaciones médicas horrendas, sino  a un objeto destino del sadismo por el sadismo. Viktor Frankl[i] sufrió la maldad atroz en su misma cúspide en aquellos lugares infames. Pero, a pesar del enorme sufrimiento que soportó y del que fue testigo junto a sus congéneres, el horror no pudo anularlo. La máxima alienación -entendida como reificación- a la que puede estar sometido un ser humano se escapaba entre los resquicios más insospechados para los demás. Allá por los rincones recónditos de su mente.

Atrapado entre los muros de Theresienstadt y de Auschwitz, entre otros campos de concentración, transcurrieron los días y los meses y Viktor Frankl, inerme y arrastrado por las circunstancias, fue desdoblándose, sin pretenderlo, en cuerpo y en pensamiento. Su cuerpo era empujado por los acontecimientos aniquiladores de la carne -la inanición, los trabajos forzados, el castigo físico, el hacinamiento, etc.- y de los sentimientos -la humillación, los insultos, la herida moral-, pero su mente transcurría horas y horas más allá de las vejaciones y de la esclavitud, mucho más lejos de las alambradas y de los muros.

Rozando el aire a cada instante, las palabras imaginadas con su joven esposa, aquellas largas y benefactoras conversaciones, no solo eran el calmante que aliviaba el dolor, sino la sangre que alimentaba su famélico cuerpo. No importaba que ella ya hubiera muerto y que posiblemente formara parte de esos amasijos de cadáveres revueltos que colmaban las fosas comunes abiertas como profundas heridas en la tierra que nunca cicatrizarán. Él la sentía cerca y constantemente conversaba con aquella mujer con la que deseaba firmemente seguir el rumbo de un destino compartido bajo el techo de sus pensamientos y de sus fantasías.

La cruel realidad era solo una pantalla que visualizaba de vez en cuando durante breves minutos, a veces cuando algún compañero de fila caía al suelo exhausto y sin vida a pocos metros de él. Seguramente lo miraría, entendería lo que había sucedido y regresaría al mundo feliz de sus interminables conversaciones con su esposa, clausurando la pantalla miserable de lo que en verdad acontecía ante sus ojos con un impulso vital que desde adentro lo conducía por los caminos despejados de su mundo interior.

A Viktor Frankl sus pensamientos, su imaginación, su resiliencia -en términos psiquiátricos- lo ataron al mundo y a la vida, impidiendo que desfalleciera, permitiendo que sus células reinterpretaran una realidad hostil que, de ser absorbida con la crudeza con la que realmente se estaba produciendo, hubiera sido la antesala de la muerte, el corredor de su muerte, con todo un repertorio previo de torturas y crueldades.

Como el junco flexible que se dobla y después vuelve a erguirse, Viktor Frankl hizo frente a la maldad más salvaje. Y lo hizo de la manera más certera que supo: ignorándola, como se ignora a la NADA antes de que ésta te aprisione y te aniquile.




[i] Viktor E. Frankl: Neurólogo y psiquiatra austriaco de origen judío nacido en 1905 y fallecido en 1997. Superviviente de campos de concentración nazis. Varios años después de su liberación, recibió el doctorado de Filosofía y posteriormente impartió clases en la Universidad de Viena y en las Universidades de Harvard y de Stanford, entre otras de Estados Unidos. En su libro más famoso, “El hombre en busca de sentido”, narra y describe sus vivencias en los campos de concentración y plantea la necesidad de dar sentido al sufrimiento y a la vida como mecanismo para resistir ante la adversidad, y de cómo la libertad interior puede elevar al ser humano muy por encima de su destino adverso.


“En otra ocasión estábamos cavando una trinchera. Amanecía en nuestro derredor, un amanecer gris. Gris era el cielo, y gris la nieve a la pálida luz del alba; grises los harapos que mal cubrían los cuerpos de los prisioneros y grises sus rostros. Mientras trabajaba, hablaba quedamente a mi esposa o, quizás, estuviera debatiéndome por encontrar la razón de mis sufrimientos, de mi lenta agonía. (…) El guardián pasó junto a mí, insultándome y una vez más volví a conversar con mi amada. La sentía presente a mi lado, cada vez con más fuerza y tuve la sensación de que sería capaz de tocarla, de que si extendía mi mano cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella estaba allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento, un pájaro bajó volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra que había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente.”  (Viktor Frankl. “El hombre en busca de sentido.”)

Escrito por Fuensanta Martín Quero

viernes, 18 de mayo de 2012

UNA NUEVA ESCLAVITUD

En la revista digital Almiar se ha publicado en el día de ayer "Una nueva esclavitud". Artículo que escribí hace varias semanas como reflexión acerca del estilo de vida actual en las sociedades avanzadas y de los crecientes yugos a los que estamos siendo sometidos los habitantes del "primer mundo", sobre todo a partir de los últimos y convulsivos acontecimientos acaecidos de un tiempo a esta parte en nuestro entorno geopolítico, que dejarán huella, sin lugar a dudas, en la historia de la Humanidad. El enlace es el siguiente: http://www.margencero.com/almiar/nueva-esclavitud/

 
Fuensanta M. Quero

miércoles, 16 de febrero de 2011

MALDITA VIOLENCIA DE GÉNERO

Bien podría llevar por nombre el título de una novela, como por ejemplo A sangre fría, de Truman Capote, pero, desgraciadamente, al igual que ésta, el crimen no tiene su origen en la ficción sino en la más cruel realidad; y el suceso acaecido en la triste y lluviosa mañana de un quince de febrero del año en curso trascendió más allá de las aceras, donde la cotidianidad se rompió en añicos bruscamente, del conocido barrio malagueño de El Palo.

Ella, la víctima, formará parte de un número maldito que cada año ocupa las páginas de los periódicos y las noticias de las cadenas televisivas. Él será uno de tantos desconocidos para la mayoría repudiados por la sociedad, cuya historia futura se cubrirá no demasiado tarde por el velo gris de la indiferencia, excepto para los más afectados. Y de la pequeña… Dejémoslo ahí.

Una vez más la sangre. Una vez más el dolor. Una vez más la iniquidad, las bruscas inclemencias de la maldad y sus graves consecuencias de por vida, de la que se pierde y de las que quedan ahora por rehacer. Y me pregunto, cada vez que hechos como éste nos sorprenden y nos dejan consternados/as cualquier día inesperado, qué pasa por la mente del verdugo, qué pensamientos y retorcidas emociones llevan a traspasar a individuos de apariencia normal esa maldita línea roja de la violencia machista. ¿Cómo es posible esto?

Pensar en un mundo sin violencia parece estar en esa tierra lejana de la utopía que la mayoría anhelamos, pero, puestos a pensar detenidamente, no deja de ser sorprendente que esa violencia se crezca con desmesura dentro de los círculos más próximos de una persona, llevando al maltrato físico y/o psíquico, hasta llegar al acto demoledor de arrebatar la vida de un ser que supuestamente ha sido amado. ¿Es que el amor, cuando se trunca, se transforma en intenso odio que algunas personas no saben dominar? Y ¿por qué son siempre ellos los que actúan así? El trasfondo biológico que nos diferencia a mujeres y hombres probablemente nos lleve a manifestar la agresividad por cauces distintos, pero esto no puede ser la base de actos tan repugnantes realizados por personas cuyo comportamiento resulta normal ante otras, y que se transforma, en cambio, con la que ha sido su pareja, a la que termina despojándola de todo.

En los cimientos de muchos de nuestros actos subyacen valores culturales propios del contexto social amplio en el que estamos inmersos, apenas perceptibles, como órdenes internas que condicionan nuestros objetivos, nuestras opiniones, nuestra manera de pensar, nuestros comportamientos y hasta nuestros gestos. Estos valores, unos más genéricos y otros más específicos, se transmiten de generación en generación a través de cada uno de los emisores que participan de nuestro entorno a lo largo de nuestra vida, llegando a modelar en cierto modo la personalidad de los individuos. Desde esta perspectiva, habría que plantearse si la transmisión de los valores que definen el amor de pareja contiene reminiscencias presuntamente de otras épocas –digo presuntamente porque más bien son evidencias presentes en muchos casos– de sometimiento hombre-mujer y de amor como sinónimo de posesión. No creo que exista un paralelismo, una igual evolución, entre las formas externas modernas de las sociedades avanzadas como la nuestra y el sustrato ideológico-cultural que las sustenta y que, a mi modo de ver, en muchos aspectos como en el tema de la igualdad de géneros –igualdad real, me refiero– está mucho más rezagado, pese a las apariencias. Por ello, a las medidas policiales, jurídicas y asistenciales previstas para casos de violencia machista, habría que sumarles una revisión de los mensajes en profundidad. Redefinir conceptos que atañen a las relaciones humanas más estrechas, en los que queden desterrados para siempre la dramatización de la relación de pareja, que habría que entender como situación coyuntural que puede durar días o toda la vida, según el caso, pero por sí sola, sin condicionantes sociales, sin prejuicios y sin extremismos. Habría que revisar, asimismo, cualquier indicio, por muy insignificante que parezca, que ponga en evidencia el concepto de amor-sumisión y de amor-posesión. No basta, pues, con atacar las evidencias del maltrato, siendo esta batalla hoy por hoy imprescindible, qué duda cabe; hay que abordar, además, lo que debajo de las mismas está impidiendo que definitivamente dejemos de ser testigos de estos crímenes atroces.
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Escrito por Fuensanta Martín Quero.

domingo, 20 de junio de 2010

LECTURA RECOMENDADA: ANTOLOGÍA, de AURORA GÁMEZ ENRÍQUEZ

Aurora Gámez Enríquez, poeta y escritora de Málaga, es socia fundadora de la Asociación de Mujeres por la Literatura y las Artes (ALAS), y presidenta de la misma desde sus inicios hasta la actualidad.

Nació en Coin, pueblo que abandonaría a edades tempranas por circunstancias familiares para vivir en otras ciudades, lo que provocó en ella una añoranza por su tierra natal que se refleja en parte de su obra. Es licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad de Barcelona, y en la actualidad trabaja como educadora de atención social del Instituto Andaluz de la Mujer.

La actividad literaria de Aurora Gámez no se ha centrado exclusivamente en la escritura sino que, además de ésta, ha promovido certámenes literarios, ha estado al cuidado de ediciones de poesía, relatos y novelas en las asociaciones de las que ha formado parte, y ha participado en numerosos recitales poéticos, así como en diversas exposiciones de imágenes y palabras a través de sus poemas, en conmemoración del Día Internacional contra la Violencia Machista y del Día Internacional de la Mujer, siendo la última de ellas la exposición denominada “Librepensadoras: Pictura ut Poesis”, promovida por la propia asociación ALAS en marzo de este año con motivo del Día Internacional de la Mujer. Estas exposiciones forman parte de todo un conjunto de actividades en las que Aurora está involucrada de forma permanente e incansable, como mujer comprometida con la igualdad de géneros y con la lucha contra la violencia machista. Desde esta misma perspectiva ha escrito artículos y ha participado en mesas redondas que la avalan como fiel defensora de sus ideales. Igualmente, ha colaborado con la Cadena Ser de Málaga en los programas Contra-Tertulia y La Firma.

En cuanto a su obra literaria, ha publicado El nogal y el cielo, en la Colección de Poesía Wallada (año 2001), Del azahar era el valle, poemario que se publicó en el año 2003 y que ha sido traducido al inglés en San Francisco en el 2006; Monólogos desde mi balcón, en el libro colectivo Paradojas poco ortodoxas (año 2006); Improvisado espejo, en la Colección de Poesía Wallada (año 2007); Haikus, de nuevo en el colectivo Paradojas poco ortodoxas (año 2007); igualmente es coautora del libro colectivo de poesía Los márgenes del viento (Ediciones Rubeo, año 2010) y, por último, es autora de la Antología poética correspondiente al número 1 de la Colección de Poesía ALAS (año 2009) cuyas inspiradas ilustraciones se las debemos a Javier Gámez Gámez, hijo de la autora.


EL LIBRO: ANTOLOGÍA, (POESÍA DE AURORA GÁMEZ ENRÍQUEZ, COLECCIÓN DE POESÍA ALAS)

Formada por poemas de diez obras que constituyen poemarios o cuadernillos de Aurora Gámez, lo primero que llama la atención es la disposición de los mismos en el libro, obviando el hábito que normalmente encontramos en la mayoría de las antologías de seguir un orden cronológico. La autora, así, ha querido utilizar, a mi juicio, una regla incuestionable que debe regir en cada creación literaria, como es la libertad formal, probablemente, en este caso, buscando la efectividad del texto al engarzar cada pieza en el todo pero, al mismo tiempo, intercalando diferentes modos en cuanto a las formas y los contenidos.

Empezaremos por el primero de los poemarios que aparecen en el libro: Cinco continentes y un género. El tema principal es la mujer, contemplada ésta desde dos vertientes. Por un lado, la mujer vista en su evolución individual de la vida desde el nacimiento hasta la muerte; por otro, la mujer con peculiaridades propias de las distintas zonas del mundo que en el libro se sintetizan en cinco continentes. Son dimensiones diferentes las que se proyectan. El trayecto vital como perspectiva común a todas las mujeres que es parte integrada en el conjunto de la Humanidad, y la consideración de las particularidades que rigen la vida de las mismas en cada lugar del mundo. Ambas dimensiones se unifican para expresar un concepto de mujer universal y peculiar al mismo tiempo, con sus dones -“ébano, miel, nieve/seducen por igual al universo”, son los dos primeros versos con los que abre el libro- y con sus sometimientos -“tiempo que nace para el no ser/dolor, silencio, pobreza extrema”, dirá en el mismo poemario-.

Cinco continentes y un género descansa en una permanente antítesis. Se contraponen las ideas del nacimiento y de la muerte, de los goces y de los sufrimientos, de las luces y de las sombras, de la libertad y del sometimiento, del norte y del sur, de la posesión y de la pobreza, etc. Este continuo contraste es escenario en el que se evidencia con desgarro las servidumbres, la violencia y las desigualdades de las que son objeto millones de mujeres del Planeta. Pero, al mismo tiempo, la autora abre su mirada y se aferra a la esperanza y al horizonte futuro a través de versos como los siguientes: “lo que engendró perdura/crece entre sus iguales/en los queridos seres/senderos donde sus pies hollasen”.

La temática de género es recurrente en Aurora Gámez, como también lo es el amor y el desamor. Así, en Paréntesis, la segunda parte del libro, dirá: “en cada encuentro se despide/viviendo un para siempre que se engarza en su ojal”. Y, como siempre, fruto de su personalidad luchadora, vuelve de nuevo a la esperanza y a la vida, tras la sanación imprescindible de la ruptura que deja paso al amor renovado, expresado en la quinta parte del libro bajo el título Palabra de honor.

El amor por la vida, eje imprescindible del discurso que se desarrolla en esta obra, emerge sin esfuerzo a lo largo de la misma, pero especialmente en Improvisado espejo y en Monólogos desde mi balcón, poemarios en los que cobra especial relevancia lo sensitivo y el goce ante los elementos de la naturaleza como la presencia cercana del mar, las palomas o las flores a las que nombra con nombre propio como si fueran personas que le acompañaran en su vida cotidiana. Y, si bien, en ocasiones dedica una leve mirada a la nostalgia de un pasado reciente, inmediatamente retoma su discurso de exaltación de la belleza y de refugio en la esperanza.

Pero, si los poemarios anteriores brotan fundamentalmente de las emociones, los versos de Haikus blancos y de Seguidillas castellanas, cuarta y sexta parte respectivamente del libro, lo hacen desde la reflexión. Sorprende comprobar cómo desde la brevedad de las estrofas aquí plasmadas y desde la transparencia de sus versos se hilvanan pensamientos profundos que en alguna estrofa traen a la memoria los Proverbios y Cantares de Antonio Machado.

Por otra parte, el componente autobiográfico es otro pilar sustentador de la obra de Aurora Gámez, aflorando con mayor vigor en algunos de sus poemarios. Se percibe especialmente en El nogal y el cielo donde subyace un deseo de atrapar para sí los momentos de la niñez en la que transitaban “sin frontera/los recuerdos felices” en un contexto familiar recordado con añoranza. En esta línea, la tercera parte del libro titulada María y Sebastián son dos poemas escritos a dos sobrinos que viven lejos de ella en EEUU.

Por último, en el poemario Del azahar era el valle la autora desvela su nostalgia por su tierra natal en donde se ubican con autenticidad sus raíces, describiendo mediante el verso popular -como el romance-, que se emplea conscientemente de forma acorde con el contenido, lugares, rincones y personas pertenecientes todos ellos a su historia vivida e interior. Descripciones que se desgranan una a una desde lo sensitivo, desde la exaltación de la belleza exterior como vehículo de expresión de sus propias emociones, traducidas en gozo ante realidades vividas que la autora recupera del pasado para incorporarlas a su mundo presente. Una vez más, la presencia de las flores, que nombra mediante su denominación científica, lo que permite un contraste singular con la versificación popular empleada aquí, incide en la importancia de lo sensorial. Destaca, sobre todo, la flor del azahar, que se repite en diferentes versos de este poemario formando parte, incluso, de su título, como flor donde concentra con gran carga simbólica todas las emociones suscitadas por la recuperación de sus raíces a través de la palabra y de la imagen.

La variedad formal es otra característica de esta obra antológica. Desde el poema breve o extenso, desde el verso medido o libre, desde el haikus o el romance, se refunden la musicalidad de la palabra con su propia transparencia para indagar en las emociones y en lo sensorial, a veces también en la reflexión, mediante epítetos, metáforas, prosopopeyas o simbolismos que, en su conjunto, nacen de lo positivo, de la esperanza, de un optimismo vital -al que yo calificaría además de necesario-, y que Aurora Gámez Enríquez, tanto en su vida como en su obra, sabe transmitir.
(Escrito por Fuensanta Martín Quero)